El Arlequín. (Relato de terror)

El Arlequín

En casa de Sara sus padres y sus dos hermanos estaban preparando una fiesta para ella porque cumplía siete años.

Sus hermanos se fueron a comprarle un regalo y le compraron un arlequín. Cuando volvieron todo estaba preparado para la fiesta. Empezaron a llagar los invitados, cuando ya estaban todos sus amigos jugaron a varios juegos durante toda la tarde.

Después de soplar las velas y comerse la tarta, le empezaron a dar los regalos, le dieron unos patines, una muñeca, una pulsera con su nombre… y llegaron sus hermanos con una caja grande con un lazo, Sara estaba muy contenta y lo abrió rápidamente, al sacarlo se quedó parada y con los pelos de punta. El arlequín iba con un traje rojo y un gorro con dos puntas, tenía la mano derecha extendida en señal de saludo, su expresión era triste. A Sara no le gustó mucho su regalo, pero les dio un gran abrazo a sus hermanos. Colocó el arlequín en su habitación y siguió jugando con sus amigos.

No había pasado ni media hora cuando de repente oyeron un grito, fueron a ver que pasaba y se encontraron a Raúl, su hermano pequeño, en el suelo sin respiración, se había caído de un árbol, cuando llegaron los médicos no pudieron hacer nada por él, solo dijeron que había fallecido.

Todos los invitados se fueron. Sara se quedó sola en su habitación muy triste, de repente se dio cuenta que el arlequín ya no tenía los cinco dedos extendidos, solo tenía cuatro y una mueca de sonrisa. Un escalofrío recorrió su cuerpo y le guardó en el armario.

Pasados unos días a pesar de la tristeza, todos tenían que volver a la normalidad, Sara y su hermano al colegio y sus padres al trabajo. Unos quince días después Sara y su madre estaban en casa preparando la cena, sonó el teléfono y su madre contestó. Era un policía diciendo que su padre y su hermano habían muerto en un accidente de tráfico, Sara no se lo podía creer, subió a su habitación llorando, al abrir la puerta vio al arlequín sentado en su cama, tenía una sonrisa y tan solo dos dedos extendidos, le tiró al suelo y le llevó a patadas hasta el sótano.

Su abuela se fue unos días con ellas mientras su madre se recuperaba.

Un día la madre se metió a la ducha, como llevaba mucho rato, Sara entró en el baño y al ver a su madre tirada en el sueño dio un grito y su abuela subió corriendo, su madre estaba muerta.

Cuando Sara subió a su habitación, se quedo paralizada, el arlequín estaba allí con una gran sonrisa y solo un dedo extendido…

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Gema Batalloso 2º C (ESO)

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Microrrelatos

Matemáticas

Sí dicen que dos equivale a uno entonces, uno, ¿a qué equivale?

Misterios de la vida

Sí dicen que la vida es un regalo… ¿por qué hay gente que no lo desenvuelve?

Negación

“¡No!”, dijo el sí.

                                                                Javier Yerga 2º A (ESO)

                 Verdades

Había una vez, un hombre que sólo sabía mentir. En el pueblo nadie le escuchaba, lo cual, hacía que hombre dijera más mentiras; que si podía volar, que si los animales se comunicaban con él de alguna manera…eran cientos las mentiras que se habían escuchado de aquel hombre.

Hasta que un día, una niña le preguntó si todas esas cosas que contaba eran ciertas y el hombre le respondió “La verdad depende de la perspectiva con la que la mires”. La niña asintió y siguió jugando.

Andrea García 2º A (ESO)

VILLAMARINA (RELATO DE TERROR)

Por fin llegan las vacaciones. Llevamos esperando este momento casi un mes, desde que Robert, Lara, Cloe, John, Sam y yo, vimos aquel anuncio. Era una oportunidad que no podíamos perder. Una casa preciosa, en primera línea de playa. Una propiedad privada, sin vecinos alrededor y lo mejor de todo, un alquiler que seis chicos de diecisiete años, podían permitirse. Sin padres. Sin reglas.

Solo faltan dos días, así que voy a hacer la maleta. Estoy muy ilusionada, la verdad es que me hace mucha falta desconectar.

Son las cinco de la mañana y las luces delanteras del Toyota rojo de Robert llegan hasta mi puerta. Hora de irse. Pasamos a recoger a Cloe y a John, su casa es la última parada. Tenemos por delante seis horas hasta nuestro destino. Lara no para de hablar, no sé cómo esa chica puede tener tanta energía, pero hay que aguantarla, al fin y al cabo, eso es lo que hacen las mejores amigas.

 

Amanece, así que paramos para desayunar en un viejo bar de carretera. Entramos. Es mucho más deprimente por dentro, de lo que parece por fuera. Todo está apagado y solo hay una camarera que parece estar allí desde que el bar se construyó. Tiene cara cansada, lo que la hace parecer mucho más mayor. Lo único que se oye es una melancólica canción que sale de la máquina de discos.

– Hace mucho tiempo que nadie pasa por aquí… ¿A dónde vais?, dice la camarera.

– A Villamarina, una casa muy grande al lado de la playa, queda a una hora de aquí más o menos, contesta Sam.

– Ah, sí. He oído muchas cosas sobre ese lugar….

– Esperemos que buenas, bromea John.

La camarera no contesta.

– Bueno, habrá que ir yéndose, sino no llegaremos nunca, dice Cloe.

– Vale, id subiendo al coche, voy al baño un momento, les digo.

Entro en el baño y llego hasta la última puerta. Es una manía. Cierro la puerta y lo que veo me sorprende. El nombre de la casa hacia dónde nos dirigimos, escrito en la pared. Debajo, muchos nombres de personas tachados. La camarera nos dijo antes que no pasaba mucha gente por aquí…. Bueno, las marcas no parecen muy recientes.

– Olivia, ¿te queda mucho?, me grita Lara.

– No, no, ¡ya voy!

 

Montamos todos en el coche y seguimos el viaje. Ya falta poco para llegar y a medida que recorremos más kilómetros, menos civilización hay.

– ¿Falta mucho?, pregunta Sam.

– El GPS dice que dentro de diez minutos llegaremos, contesta Robert.

 

Empezamos a ver el tejado rojo que se veía en la foto del anuncio. Ya hemos llegado. Frente a la casa, comprobamos que no era como esperábamos. Era vieja y sucia, como si nadie hubiera vivido en ella desde hacía mucho tiempo.

Cuando entramos, lo único que nos llamó la atención fue el reloj de cuco enorme de color marrón al final del pasillo. No funciona, no se mueven las manecillas. Deshicimos todo el equipaje: ropa, sábanas, toallas. Tras una hora colocando todo, oímos un extraño sonido, es como una sirena con pitidos cortos.

– ¿Qué es eso?, pregunta Cloe.

Nadie contesta, porque todos estamos igual de intrigados que ella.

– Viene del pasillo, afirma Lara.

– ¡Ah chicos!, es el reloj de cuco, respondo. Todos nos reímos aliviados.

– Hubiera jurado que no funcionaba, apunta Robert.

 

Durante el resto del día no hicimos nada, estábamos muy cansados. John decide ir a por leña para hacer la cena y acostarnos pronto.

– Creo que ya vuelve, voy a ayudarle dice Cloe.

Se oye un grito y salimos todos corriendo. Vemos con horror que John se acerca caminando, alguien le ha sacado los ojos y ha marcado una equis en su brazo derecho. De pronto se desploma ante nosotros.

– ¿Qué hacemos? Digo gritando.

– No lo sé. Ha sido mala idea venir sin móviles, dice Sam.

– Llevémoslo a la cama, dice Robert.

En ese momento volvió a sonar el reloj de cuco, creo que soy la única que lo oigo.

– Voy al coche a por una manta, dice entre lágrimas Lara.

Oímos otro grito, salimos corriendo menos Sam que se queda con Robert. Encontramos a Lara en el suelo y vemos algo parecido a una sombra huyendo.

– Lara ¿estás bien?, pregunta Cloe.

Al girarla vemos que tiene una herida enorme en forma de cruz en el pecho y la misma equis que John en el brazo derecho. Muy asustados, la metemos en la cama, al lado de John.

– Creo que es mejor no salir de la casa, digo entre sollozos.

– De acuerdo, voy a ver si hay algo para encender fuego, me parece haber visto un desván, dijo Robert.

El reloj de cuco vuelve a sonar, aunque nadie excepto yo, lo oye.

Robert baja al desván y comienza a escuchar la voz de una niña cantando.

– Sígueme, ven conmigo al mar, entra en el agua. Vamos sígueme, ven al mar, entra en el agua….

Robert llama a la niña, intenta detenerla, ayudarla ¿qué hace una niña sola en este lugar? Sale corriendo detrás de ella.

De nuevo un grito.

– ¡Robert!, vamos al desván, grita Sam.

Al llegar, vemos a Robert diciendo “sígueme, ven conmigo al mar, entra en el agua…” sus ojos eran blancos y tenía la misma equis que los demás, en el brazo derecho. El reloj de cuco vuelve a tocar.

– ¡Se acabó! Voy a buscar algo para defendernos, nos vamos de aquí ya, dice Cloe.

– Olivia, quédate con ellos mientras que acompaño a Cloe, me dice Sam.

– Vale, pero por favor, tened mucho cuidado y volved cuanto antes, le respondo.

 

Oigo un grito, vuelve a sonar el reloj. Muy asustada, llamo a mis amigos, no me responden. Con mucho miedo, voy en su busca. Los encuentro en el salón, tumbados boca arriba. Sus ojos han desaparecido y en sus brazos veo las equis.

Corro lo que puedo, mi única posibilidad es llegar hasta el coche. Mis piernas no me responden, pero a pesar de ello me encuentro sentada frente al volante. No sé cómo he llegado. Conduzco a toda velocidad hacia el bar, quizás la camarera tenga un teléfono y pueda pedir ayuda.

Cuando llego no hay nadie, todo está sucio, abandonado, no parece el mismo bar de hace unas horas. Busco a la camarera desesperadamente, nada, ni rastro. Voy hasta el baño, me encierro en la última puerta y veo los nombres de mis amigos pintados en la pared tachados con una equis y…..veo el mío que se empieza a tachar poco a poco.

SILVIA GALÁN ESPINOSA 2º A (ESO)

 

 

ESTIMADO SEÑOR…

Estimado señor:
En primer lugar le tengo que agradecer el haberme dejado pasar la noche en vuestra morada, la habitación en la que me alojé era sumamente acogedora, pero la verdad es que no he podido dormir muy bien, últimamente tengo un sueño muy ligero. Esta noche a eso de las tres de la madrugada, harta ya de intentar dormir, decidí salir a dar una vuelta. Por el camino me encontré a vuestra ama de llaves, que estaba ocupada con los preparativos de nuestra cacería de mañana. Me recomendó que esperara en el salón principal mientras me traía un remedio casero contra el insomnio.
Supongo que se preguntará para que le escribo toda esta información sin sentido, el caso es que quiero llegar al momento en el que me encontraba en el salón intentando mentalizarme de que me tenía que beber aquel brebaje negruzco que me había traído la amable ama de llaves, cuando al acercarme a la ventana vi reflejado en el cristal el grande y hermoso cuadro que preside la mesa. Creí reconocer a su mujer y a usted, pero me fijé en el hombre que estaba al lado suyo. Nunca lo había visto, no es que quiera inmiscuirme en su vida, lógicamente no conozco a todos sus familiares, pero ¿cómo decirlo? Me sentí inmediatamente hipnotizada por él. Imagínese el susto que me llevé al verle en la puerta. No dijo nada, solo sonrió y dejó un libro en la mesa. No pone título y al intentar abrirlo no pude.
Espero que después de leer pacientemente mis palabras tenga la bondad de esclarecer estas dudas que no me dejan tranquila.
Un saludo.

                                                                                                         Paula Pinilla Baile 4ºC

Querida Paula:
Espero que la infusión que preparó para ti el ama de llaves sirviese realmente para su propósito. No me gustaría verte cansada, pobre mujer. En cuanto al tema del cuadro… Es una historia larga y enrevesada, por lo que no es mi intención aburrirte con los detalles. Aquel chico es mi hermano pequeño. Perdimos el contacto hace mucho tiempo. A saber qué es ahora del pobre diablillo. El motivo por el que conservo la fotografía es un misterio para mí. Tal vez debería deshacerme de ella.
Estoy seguro de que la razón de su “visita” se debe a que el ama de llaves en realmente una estupenda curandera. La infusión debió hacerte efecto inmediato y quedaste dormida en el acto. Todo aquello fue un sueño, querida. Nada más que un sueño. Sin embargo, necesito hablar contigo en persona. Aún tengo algunos temas que tratar contigo. No recordarás por casualidad el título del libro ¿no?
Espero que te encuentres bien, querida.

Con mis mejores deseos, Mycroft.

                                                                                          Paula Pinilla Baile 4ºC

El sueño de un maniquí…

A continuación podéis leer una serie de relatos escritos por alumnos de 3º y 4º de ESO de nuestro centro en el taller de escritura creativa que realizamos en el Matadero de Madrid. Estos talleres incluían una serie de actividades encaminadas a despertar la creatividad e imaginación de nuestros alumnos (taller de teatro, audiovisual, música…) Fueron realizados dentro de las actividades extraescolares programadas por el Departamento de Lengua y Literatura castellana. Todos los relatos llevan el mismo título ya que, los alumnos, partían de un disparador común: una imagen de la que parten los relatos. Es muy curioso ver resultados tan diferentes partiendo de un mismo punto.

El resultado fue increíble en todas las modalidades y supuso una experiencia muy enriquecedora para alumnos y profesores. Aquí tenéis los resultados del taller de escritura. Una maravilla. !Disfrutadlos!

EL SUEÑO DE UN MANIQUÍ

Por fin es de día. Mi dueña abre la verja y entra. Las luces de Madrid se apagan para dar paso a la luz del día. Todavía no se ve mucha gente por la calle, es bastante temprano.

Mi dueña debe de haber terminado de colocar las cosas dentro de la tienda, porque noto que se va acercando. Como me gustaría girarme por mi mismo. Noto que mi dueña me empieza a mover ¿me irá a poner algo de ropa? Llevo muchos días desnudo, tal vez por eso nadie se fija en mí cuando pasa por delante. Me pasa por encima una camisa y ahora un jersey y un abrigo, por último una bufanda. Empieza la época en la que los humanos sienten algo llamado frío, por eso llevan toda esta ropa.

Ya empieza la gente a salir de sus casas, como siempre las primeras que veo es salir del portal de enfrente son una niña con su madre ¿a dónde irán? La madre parece muy preocupada. Acaba de llegar un coche de policía, suelo verlos pasar, pero nunca a esta hora, ni parados, que extraño. Suben por el portal dos policías, la madre y la hija se van. Tal vez ha pasado algo. ¿Será por el graciosito que meó delante del escaparate? Me gustaría poder hablar para decirles a los policías lo que me enseñó ese desgraciado.

Ah, mira, ya salen del portal. Llevan esposado a un hombre, es el marido de la mujer que ha salido antes, le he visto salir muchas veces, pero solo le he visto dos acompañando a su mujer y a su hija. Oigo a mi dueña refunfuñar, seguro que sabe lo que ha pasado “Mientras unos joroban ellas resisten” es lo último que escucho antes de que se meta en el almacén. Un par de pájaros vuelan delante de mí y se posan en la acera. ¡Qué bonito sería volar!

Desde la acera veo un maniquí, inmóvil con los brazos en jarra. Vuelo un poco hacia un lado buscando algo de comida, pero en esta acera no hay nada. Mi acompañante se eleva hasta la cima de una farola y me llama piando.

Emprendo yo también el vuelo, aunque no me paro en la farola, sigo volando. Amo la sensación del viento sobre mis plumas. Me elevo y me sigo elevando aún más alto, voy a la par que las nubes. Me sigo elevando, quiero alcanzar el sol ¡estoy a punto de conseguirlo! Pero me temo que los sueños no duran para siempre. Vuelvo a estar en el escaparate, inmóvil, sin vida, mientras veo como se alejan los pájaros.

Paula Pinilla Baile 4ºC

Y con aquel chirrido característico, se abre la cortina de metal. Ya puedo ver la calle. Está todo oscuro, porque es invierno y aún no ha amanecido. ¿Qué ropa llevo hoy? ¡Oh, dios mío, qué vergüenza! ¡Se les ha vuelto a olvidar ponerme ropa! Si pudiera me ruborizaría. Por lo menos, apenas hay gente por la calle y nadie puede ver mi penoso estado. Mira a Louise, con su ropa inmaculada, riéndose de mi. ¡Pues al menos a mi no me utilizaron para exhibir un pijama! Vaya, por fin llega el dueño. A ver qué me pone hoy.   …   Bueno, no está mal. Unos vaqueros y un abrigo. Ah, pero espera… Vale, me acaba de poner en la pose más ridícula del mundo. Menos mal que no se me puede cansar el brazo. Y por fin empieza a venir gente. Oh, no, un grupo de niños. Compadezco a las maniquíes de dentro. Los niños ya han empezado a gritar y correr por ahí. Y mientras unos joroban, ellas resisten. Bueno, en fin, no puedo hacer nada por ellas. Lucho por girar la cabeza para ver al único maniquí masculino de la tienda. Brian, se llama. ¿Qué llevará hoy? Me lo estoy imaginando con unos pantalones ajustados y una camisa que no deje mucho a la imaginación. ¿Y si todavía no le han puesto la ropa? Agh, pero sorpresa, ¡plástico! No me puedo mover. Bueno, al menos hoy puedo mirar por la ventana. En frente de nuestra calle hay unos bloques de pisos. Generalmente son de color crema, pero hoy pareces grises. Unas densas nubes negras cubren la ciudad. Qué bien, me gustaría que lloviera. Una fila de árboles decora la calle, aunque poco hacen ahora en invierno. Parecen unas manos esqueléticas saliendo de la tierra. Buff, que escalofrío mental. Cruzando por el paso de cebra, veo a una niña. Está llorando, y su llanto me partiría el corazón en el caso de que tuviera uno. Lo que daría ahora mismo por acercarme a ella y consolarla. Un momento… se está acercando hacia aquí. Se ha parado frente al escaparate. ¡Me está mirando! ¡Oh, dios, me está mirando! Ha parado de llorar. Y me está sonriendo. De pronto noto un tirón dentro de mi, y cuando vuelvo a abrir los ojos… me veo a mi. Tras el cristal. Eh, espera, ¿he abierto los ojos? Veo a una mujer corriendo hacia mi. Me coge de la mano. Está caliente y blandita. Me dice que no me vuelva a alejar sola, y empieza a caminar. Yo camino con ella. Miro hacia atrás y vuelvo a ver mi cuerpo de plástico. Desde aquí fuera parezco patética. La silueta de la tienda se va haciendo más pequeña hasta que desaparece. Mamá me lleva a un parque. Me río y juego con los patos.Me maravilla el tacto de la hierba. Me maravilla el sabor del aire. Un perro se acerca corriendo, con las orejas ondeando. Me da miedo. La niña llora. Yo lloro. Mamá me abraza. Después me ofrece un brick con una pajita, y yo bebo. El líquido que llega a mi boca es la cosa más dulce que jamás he probado. Es lo mejor. Lo disfruto, con ganas de llorar de pura alegría. Pero entonces noto un movimiento en uno de mis brazos de plástico. Siento de nuevo el tirón. Y ya no abro los ojos, simplemente veo. El dueño me está moviendo de lugar. Noto el frío cristal frente a mi. No quiero. No otra vez. No…

                                                                                                     Gloria Tamames, de 3ºA

16:00. Ya ha llegado Víctor. Enciende la luz. Comprueba la caja. Va a cambiarse. No me hace falta verle para adivinar su rutina. Por fin se fija en mí. Me cambia el gorro y abre las puertas a la gente.Cambia el cartel de cerrado a abierto. En plena Gran Vía, puedo ver a muchísima gente pasar por delante a través de este escaparate. Veo niños y abuelos, perros y pájaros. Pero sobre todo, veo hombres y mujeres dirigiéndose a trabajar. Y no todos trabajan honradamente, también veo muchos ladrones. La gente no se fija, pero de repente ¡PUF! ya no tienen cartera. Me siento tan frustrada e impotente…
20:00. ¡Anda! Un niño me ha visto. Y no me refiero a mi ropa o a mis tacones. Me ha visto a mi. Es más, yo me he visto a mi. Veo la tienda desde fuera. Se llama HyM. “Nunca lo hubiese averiguado”. ¿Cómo he conseguido salir de la tienda y mover la cabeza por mi misma? Me miro las manos. ¡Puedo moverlas! En el reflejo del escaparate veo mi cara. Soy el niño que me estaba mirando hace un momento. Desconcierto y libertad, dos adjetivos que pasan por mi mente para describir mi estado de ánimo. Hay follón al fondo de la calle, una manifestación de feministas. Me acuerdo de los ladrones. Tiene narices, mientras unos joroban, ellas resisten. ¿Podré caminar? ¡Sí! Había visto a la gente hacerlo, pero nunca había podido probar. Veo a un mendigo. Suele haber bastantes por aquí. Rebusco en mi bolsillo y le tiendo uno de esos billetes que vuelven locos a los humanos. Me mira con unos ojos llorosos y una sonrisa espléndida… ¡Anda! Está anocheciendo. MI cuerpo (el del niño) tendrá que volver a casa. Me coloco enfrente de mi (que irónico) y no puedo evitar reírme. Es muy agradable. Miro directamente a los ojos de mi auténtico cuerpo. Ha sido bonito. 
                                                                                               Daniel Ochoa Gracia, 4ºA