VILLAMARINA (RELATO DE TERROR)

Por fin llegan las vacaciones. Llevamos esperando este momento casi un mes, desde que Robert, Lara, Cloe, John, Sam y yo, vimos aquel anuncio. Era una oportunidad que no podíamos perder. Una casa preciosa, en primera línea de playa. Una propiedad privada, sin vecinos alrededor y lo mejor de todo, un alquiler que seis chicos de diecisiete años, podían permitirse. Sin padres. Sin reglas.

Solo faltan dos días, así que voy a hacer la maleta. Estoy muy ilusionada, la verdad es que me hace mucha falta desconectar.

Son las cinco de la mañana y las luces delanteras del Toyota rojo de Robert llegan hasta mi puerta. Hora de irse. Pasamos a recoger a Cloe y a John, su casa es la última parada. Tenemos por delante seis horas hasta nuestro destino. Lara no para de hablar, no sé cómo esa chica puede tener tanta energía, pero hay que aguantarla, al fin y al cabo, eso es lo que hacen las mejores amigas.

 

Amanece, así que paramos para desayunar en un viejo bar de carretera. Entramos. Es mucho más deprimente por dentro, de lo que parece por fuera. Todo está apagado y solo hay una camarera que parece estar allí desde que el bar se construyó. Tiene cara cansada, lo que la hace parecer mucho más mayor. Lo único que se oye es una melancólica canción que sale de la máquina de discos.

– Hace mucho tiempo que nadie pasa por aquí… ¿A dónde vais?, dice la camarera.

– A Villamarina, una casa muy grande al lado de la playa, queda a una hora de aquí más o menos, contesta Sam.

– Ah, sí. He oído muchas cosas sobre ese lugar….

– Esperemos que buenas, bromea John.

La camarera no contesta.

– Bueno, habrá que ir yéndose, sino no llegaremos nunca, dice Cloe.

– Vale, id subiendo al coche, voy al baño un momento, les digo.

Entro en el baño y llego hasta la última puerta. Es una manía. Cierro la puerta y lo que veo me sorprende. El nombre de la casa hacia dónde nos dirigimos, escrito en la pared. Debajo, muchos nombres de personas tachados. La camarera nos dijo antes que no pasaba mucha gente por aquí…. Bueno, las marcas no parecen muy recientes.

– Olivia, ¿te queda mucho?, me grita Lara.

– No, no, ¡ya voy!

 

Montamos todos en el coche y seguimos el viaje. Ya falta poco para llegar y a medida que recorremos más kilómetros, menos civilización hay.

– ¿Falta mucho?, pregunta Sam.

– El GPS dice que dentro de diez minutos llegaremos, contesta Robert.

 

Empezamos a ver el tejado rojo que se veía en la foto del anuncio. Ya hemos llegado. Frente a la casa, comprobamos que no era como esperábamos. Era vieja y sucia, como si nadie hubiera vivido en ella desde hacía mucho tiempo.

Cuando entramos, lo único que nos llamó la atención fue el reloj de cuco enorme de color marrón al final del pasillo. No funciona, no se mueven las manecillas. Deshicimos todo el equipaje: ropa, sábanas, toallas. Tras una hora colocando todo, oímos un extraño sonido, es como una sirena con pitidos cortos.

– ¿Qué es eso?, pregunta Cloe.

Nadie contesta, porque todos estamos igual de intrigados que ella.

– Viene del pasillo, afirma Lara.

– ¡Ah chicos!, es el reloj de cuco, respondo. Todos nos reímos aliviados.

– Hubiera jurado que no funcionaba, apunta Robert.

 

Durante el resto del día no hicimos nada, estábamos muy cansados. John decide ir a por leña para hacer la cena y acostarnos pronto.

– Creo que ya vuelve, voy a ayudarle dice Cloe.

Se oye un grito y salimos todos corriendo. Vemos con horror que John se acerca caminando, alguien le ha sacado los ojos y ha marcado una equis en su brazo derecho. De pronto se desploma ante nosotros.

– ¿Qué hacemos? Digo gritando.

– No lo sé. Ha sido mala idea venir sin móviles, dice Sam.

– Llevémoslo a la cama, dice Robert.

En ese momento volvió a sonar el reloj de cuco, creo que soy la única que lo oigo.

– Voy al coche a por una manta, dice entre lágrimas Lara.

Oímos otro grito, salimos corriendo menos Sam que se queda con Robert. Encontramos a Lara en el suelo y vemos algo parecido a una sombra huyendo.

– Lara ¿estás bien?, pregunta Cloe.

Al girarla vemos que tiene una herida enorme en forma de cruz en el pecho y la misma equis que John en el brazo derecho. Muy asustados, la metemos en la cama, al lado de John.

– Creo que es mejor no salir de la casa, digo entre sollozos.

– De acuerdo, voy a ver si hay algo para encender fuego, me parece haber visto un desván, dijo Robert.

El reloj de cuco vuelve a sonar, aunque nadie excepto yo, lo oye.

Robert baja al desván y comienza a escuchar la voz de una niña cantando.

– Sígueme, ven conmigo al mar, entra en el agua. Vamos sígueme, ven al mar, entra en el agua….

Robert llama a la niña, intenta detenerla, ayudarla ¿qué hace una niña sola en este lugar? Sale corriendo detrás de ella.

De nuevo un grito.

– ¡Robert!, vamos al desván, grita Sam.

Al llegar, vemos a Robert diciendo “sígueme, ven conmigo al mar, entra en el agua…” sus ojos eran blancos y tenía la misma equis que los demás, en el brazo derecho. El reloj de cuco vuelve a tocar.

– ¡Se acabó! Voy a buscar algo para defendernos, nos vamos de aquí ya, dice Cloe.

– Olivia, quédate con ellos mientras que acompaño a Cloe, me dice Sam.

– Vale, pero por favor, tened mucho cuidado y volved cuanto antes, le respondo.

 

Oigo un grito, vuelve a sonar el reloj. Muy asustada, llamo a mis amigos, no me responden. Con mucho miedo, voy en su busca. Los encuentro en el salón, tumbados boca arriba. Sus ojos han desaparecido y en sus brazos veo las equis.

Corro lo que puedo, mi única posibilidad es llegar hasta el coche. Mis piernas no me responden, pero a pesar de ello me encuentro sentada frente al volante. No sé cómo he llegado. Conduzco a toda velocidad hacia el bar, quizás la camarera tenga un teléfono y pueda pedir ayuda.

Cuando llego no hay nadie, todo está sucio, abandonado, no parece el mismo bar de hace unas horas. Busco a la camarera desesperadamente, nada, ni rastro. Voy hasta el baño, me encierro en la última puerta y veo los nombres de mis amigos pintados en la pared tachados con una equis y…..veo el mío que se empieza a tachar poco a poco.

SILVIA GALÁN ESPINOSA 2º A (ESO)

 

 

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